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¿Para Qué Sirven Los Contratos?

“Un certo signor Figueros…” (“Un tal señor Figueros…”). Así empezaba la carta de queja que el Director General (italiano) de una gran marca enviaba, hace ya muchos años, a mi jefe (también italiano) después de una visita mía a su compañía.

¿El problema? El contrato. No un contrato cualquiera. El contrato que su compañía y la nuestra habían firmado una semana antes.

Hay que ponerse en marcha

La historia es sencilla. Los grandes jefes firman un contrato y la maquinaria se pone en marcha. Cada uno asume su rol y mueve la palanca que le corresponde para que todo empiece a funcionar como se espera.

Yo también muevo mi palanca. Con el contrato debajo del brazo me planto en la oficina de nuestros clientes para empezar a organizar mi parte. Saludos, un poco de cómo van las cosas, pues parece que este año tal,… bla, bla, bla.

Después nos metemos en faena. “Esto tendríamos que organizarlo de esta manera o de esta otra o…”. Las cosas no suenan ni bien ni mal. Suenan. Pero suenan distintas a la idea que tenía en la cabeza. A la idea que había visto reflejada en el contrato.

Algunas dudas

Bueno, si hay dudas, echamos mano del contrato. Para eso están los contratos. ¿No? Para servir de guía a las relaciones.

Saco el contrato y comento “quizá ese aspecto no está contemplado dentro del acuerdo… a lo mejor habría que darle una vuelta a ese tema para poder incorporarlo al compromiso…”.

Nuestro cliente me mira con cara de no entender nada y me hace una pregunta. La pregunta. “¿Salvador, sabes para qué sirven los contratos?”

Tengo una cierta idea, pero no parece que esté demasiado interesado en mi respuesta. No se lo piensa dos veces y lanza la suya. “Los contratos sirven para guardarlos en un cajón. Para eso sirven los contratos”. La contestación es buena. Sí que lo es. Coge el contrato y lo mete en el cajón de su mesa. Ahí termina mi visita. Después, la carta.

¿Para qué sirven los contratos?

Ésta es una historia real. Pasó hace mucho tiempo, pero seguro que sigue estando de actualidad. Contratos que se firman para guardarlos en un cajón o para interpretarlos de cualquier manera.

Las cosas no funcionan así. Los acuerdos están para cumplirlos. Los acuerdos no están para guardarlos en un cajón e interpretarlos como te parezca más oportuno. Para eso, no firmas ningún contrato. Para eso, lo vas viendo sobre la marcha y punto.

Dificultades, puntos poco claros,… no pasa nada. Se habla. Se puede hablar todo. Tienes un marco para hacerlo. Ésa es la ventaja de los contratos. Te dan contexto.

Los contratos plasman acuerdos. Reflejan el detalle de lo que se ha pactado. No hay que memorizar ni interpretar. Ahí está el contrato. ¿Tienes dudas? Acudes a él. Ya está. Sencillo. Son una herramienta fantástica. Facilitan las cosas.

Así son los contratos que funcionan. Luego hay otros, los que se guardan en un cajón. Los que sólo se interpretan desde uno de los lados. Esos contratos no funcionan. Bueno, funcionan sólo en una dirección.

Salvador Figueros

Foto: Steve Snodgrass / flickr

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